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Verano en Buenos Aires: Cuento

Un frío de hielo trepa por mi espina. Llega a la cabeza, a mi cerebro. Me paraliza. Mis manos no responden. Mis pies están sepultados bajo una montaña de cemento.

Es una pesadilla. Tiene que ser una pesadilla. O es la realidad, la verdad mezclada con el horror.
Tengo que escapar, salir.

Demasiado real para ser un sueño. Demasiado malo para ser real.

Paralizada.

Es eso. La gente dice que el miedo te deja dura, sin reacción. Pero el miedo ya me superó. Estoy aterrada,

No puedo gritar, y siento hinchado el pecho de aire. Me ahogo y no puedo respirar.

Jadear. Tengo que jadear.

De a poco. Si, así de a poco.

Muevo los dedos de los pies. Ya siento las manos, aunque no las puedo mover.

Me tiemblan las rodillas.

Jadear. Tengo que jadear para poder respirar.

No debo mirar. Cierro los ojos. Pienso en mis piernas. Moverlas, levantarlas lentamente, lento cada centímetro de movimiento.

Rozo algo con mi espalda.

 El frío vuelve a inundarme y me obligo a abrir los ojos.
Todavía está allí. Lo veo…

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